Noches de ausencia

Escrito por Carlos Daniel Quiñónez Rodríguez


Las noches durante las que no transcurrió el esplendoroso desfile de pasos por las gloriosas y coloniales calles del sector histórico, nos llevan a pensar a quienes con amplio sentido de apego le damos panegírica trascendencia a nuestra tradición, la inmensa tristeza generada, pues no se ha escuchado el sonido del recatón en el pavimento al alcayatar jurgo tras jurgo, que durante un poco más de cuatro siglos y medio no se había interrumpido. Somos todos los habitantes de la ciudad quienes asumimos el deber irrenunciable de que la procesión salga cada año con la puntualidad exigida y sin existencia alguna de la duda para su no realización, así́ se mueva cielo y tierra para que todo funcione en el momento que se tiene programada.

Algunos cumplirán el íntimo deseo de llegar y participar de distintas formas del rito, pero este año no en las calles, sino desde nuestras casas en momentos como: elevar una oración por la humanidad, una llamada a los amigos en memorias de nuestras noches de carguío y tan especial como en mi caso, arreglar el túnico, capirote, alpargatas, orillos, paño y cíngulo, cuan me fuera a disponer a la procesión en calidad de carguero. Para otros son también momentos de nostalgia que los llevan a imaginar desde lejos lo que debiera suceder en estos momentos cumbre cuando la ciudad se enfunda en la reproducción del Misterio de la Pasión de Cristo.


Extrañarán, entonces, los olores de la cera y el incienso, el crujir de las andas al llevar el paso, el tintineo de los sitiales, el toque contra las maderas del barrote, el sordo retumbar de los tambores y el saludo fraterno de los amigos en el encuentro de la calle. Siempre los cargueros estamos en pre Semana Santa, limpiando la imagen en la Parroquia, a veces reunidos alrededor de una conversación de momentos que terminan en algún par de tragos, el síndico con el que comparto mis experiencias y las suyas de muchos más años menciona “estamos a pocos días de que se abran las puertas de una nueva Semana Mayor” siempre con mayor significado que las anteriores, pues nos aprestamos a recordar que hace cuatro siglos y medio se hizo un primer llamado para que un pueblo se reuniera alrededor del infinito dolor que hace dos mil años tuvo como escenario a Jerusalén, la ciudad del más memorable sacrificio de todos los tiempos.


Prendamos lámparas votivas para que Popayán no permita jamás que su más gloriosa tradición se apague al conjuro de la indiferencia y el olvido. En la Semana Santa del año próximo estaremos lanzando a los cuatro vientos un mensaje de fe en lo que hemos realizado y queremos que realicen nuestros hijos y sus hijos. Por ahora, concluyamos diciendo que no se puede agotar ni nuestra certeza de ser protagonistas de una ceremonia única, ni nuestra devoción inagotable para que ella perdure bajo el cobijo del mismo cielo que en las noches de abril de 1556, fue testigo de un acontecimiento que signaría para siempre el destino de las generaciones de cargueros que hoy nos han confiado un irrenunciable legado.



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