La tradición no en los hombros, sino en el alma

Escrito por Camilo Astaiza


Hoy Miércoles Santo, me embarga una tristeza que solo pocos podrán entender...


Hoy en un balcón, solamente sintiendo la brisa de una fría y tranquila noche de Popayán, me veo forzado a cerrar los ojos porque hace falta el aroma al laurel, al sahumerio y ese sonido reconfortante de las oraciones de los peregrinos en las procesiones.

Las imágenes comienzan a llegar con el túnico puesto para ir bajo el anda (el túnico es sagrado), y viendo lentamente cómo se van abriendo las puertas de la iglesia, se escuchan el movimiento de las bancas y empezamos a ver cómo la muchedumbre empieza a encender los cirios... la procesión va tomando forma para comenzar el caminar.


Las cuadras entre y jurgo y jurgo se van acortando, la boca se va secando, el cuerpo se va cansando, las plantas de los pies están frías, las manos y brazos con algo de humedad porque ese es el costo de ser carguero. A un lado, cruzamos una mirada de tranquilidad con la familia y por supuesto, con uno que otro amigo pendiente del paso.


Toda la noche, hemos respirado el olor del sahumerio y cada vez va siendo menor su intensidad. Los regidores de arriba a abajo, manteniendo el orden y la tranquilidad, pues la procesión está empezando a acabarse...


Las ultimas cuadras empezamos a ver qué los alumbrantes son menos por dos razones, una porque ya está la noche un poco más avanzada y la otra porque algunos apasionados están pichoneando, y en el paso en el que vamos como en la vida, solamente van quedan la familia y los buenos amigos (eso es un distintivo de la Semana Santa en Popayán), algunos comienzan a hacer un balance de la noche de manera mental y otros cuantos empiezan a decir que vamos a terminar y que vayamos tranquilos.


El último jurgo, es la muestra más grande de fe y no por fuertes si no porque le hemos cumplido a Popayán , a la tradición y Dios porque a pesar de haber caminado varías cuadras con el peso de la madera, las flores y las imágenes jamás pensamos en abandonarlo... ¡


¡Y sonó la Chonta contra el madero!,


y se escucha un sonido conjunto de suspiros porque acabamos, llegan los pichoneros a ayudar cómo ángeles y vamos a recibir la dosis de reconfortantes, y no son las bebidas, son los abrazos de nuestros seres más queridos.


Nos vamos atrás del paso hasta la iglesia, se cierran las puertas y todo vuelve a su normalidad porque se acabo nuestra Semana Santa.


“La tradición no en los hombros, sino en el alma.”


Este relato se los hago solamente haciendo un ejercicio de mente, las procesiones las llevamos en el alma, allá donde no hay juicios de bueno y malo, si no de aprendizajes.


Allá, ¡justamente allá!..


Donde llevamos el cronómetro de la vida porque la vida de un Popayanejo no se mide en años si no en Semanas Santas, y tenemos un espacio para avivar aromas y sensaciones con solo cerrar los ojos...


¡La belleza de lo inmaterial, de lo que solo el alma y el cuerpo de un nacido en Popayán, puede sentir!


Este año por la peste maldita no tuvimos una noche de carguío, pero las que tuvimos años pasados nos ayudan a sobrellevar el sentimiento.


Me alejo del balcón de mi casa porque debo ir a dormir, necesito que se pase rápido este año para que llegue rápido la próxima Semana Santa.


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