¡Enorgullezcámonos de esta tradición de todos los colombianos!

4/26/2019

Particularmente como bogotano y durante mis cortos 21 años de vida he crecido en un contexto donde desde pequeños nos enseñan a conocer, cuidar y admirar lo ajeno. Se mantiene la tendencia de visitar y sentir curiosidad por aquello que nos gustaría tener, incluso lo que a veces nos gustaría poder ser. Rescatamos todo lo bueno de los demás y obviamos lo mejor de nosotros. Lo anterior nos ayuda a crecer, a madurar, nos nutre culturalmente e influye a la hora de reafirmar nuestras formas de pensar o incluso a ampliar un poco la percepción que tenemos sobre las cosas. La disyuntiva, creo yo, radica en el momento en que dejamos de interesarnos por lo propio, cuando nos desviamos de lo verdaderamente importante, lo nuestro.

Damos por sentado nuestra riqueza como país, de nuestro potencial como colombianos al punto de desvalorarlo y de olvidarlo. De poco nos enorgullecemos, son pocas y muchas las cosas con las que nos identificamos, al punto de hacernos débiles a la hora de defendernos de toda crítica superficial que enfrenta nuestro país constantemente. Es difícil lograr un sentido de pertenencia, es complicado ser dolientes y el efecto es el desinterés y el poco cuidado que le dedicamos a construir una identidad fuerte. Nos felicitamos por la muralla en Cartagena o por los edificios capitalinos, pero nos limitamos al no ver más allá.

 

 En mi caso en concreto la Semana Santa siempre ha sido sinónimo de descanso de la rutina, una excusa para ir de vacaciones o de viaje con dos o tres misas extraordinarias de por medio. Mi entorno social nunca me había avivado las ganas de darme la oportunidad de vivir esta época del año de forma diferente. Tampoco me interesaba como las demás personas del país podían o pueden vivir dicho evento. Por fortuna la vida y un muy buen amigo me ofrecieron, ya hace un año, la posibilidad de salir de esa zona de comodidad y experimentar por primera vez las Procesiones de Semana Santa que se llevan a cabo hace 463 años en Popayán.

El primer reto en ese momento era adentrarme en una nueva zona del país ya que era la primera vez que conocía ciudades como Cali y Popayán. Más que turista intenté vivir de primer plano como el patojo se goza y vive esta época del año. Como resultado y primera impresión me encontré con un inmenso y cálido recibimiento. Gente amable y decente que nunca olvida el mínimo saludo de cortesía que todo el mundo, por el simple hecho de ser persona, se merece. Me fascine por un entorno más tranquilo y menos revolucionado del que estoy acostumbrado, de la satisfacción y comodidad de ver una ciudad limpia y cuidada, y de la belleza de una catedral al lado de un Big Ben colombiano, blanco como las nubes y como todos los edificios que decoran el centro de Popayán. Una estructura colonial donde lo viejo se reúne con lo nuevo y arman un equilibrio perfecto, donde el tamal de pipián, las empanadas y ese exquisito ají de maní logran distraer cualquier mal día. Ya sin darme cuenta empezaba a valorar algo que nunca había conocido, algo que no esperaba conocer, más por ignorancia que por ganas.

 

Si verdaderamente quería conocer Popayán desde adentro, tenía que hacerlo durante la Semana Mayor, donde realmente quedé fascinado. Niños, jóvenes y adultos mayores, hombres y mujeres, todo el mundo reunido en ese sin número de iglesias, viviendo juntos la pasión de armar los pasos. En esa época poco entendía; para mí, el barrote era un “palo”, el paso una “imagen”, el carguero un “monje”, el sitial un “techo”, el moquero un “monjesito”, la acotejada era “medirse” y me tomaba el atrevimiento de confundir una pichoneada con una cargada. Al final entre ese intercambio de conceptos que poco entendía solo me deje contagiar de esa felicidad que todo el mundo compartía.

 

Después de absorber una cantidad de información totalmente novedosa para mí, desde conocer que era un regidor, la inmemorable noche de una Sahumadura, las generaciones atrás que acompañan a los cargueros, hasta intentar comprender la estructura de la Junta Permanente Pro Semana Santa, empecé a interiorizar la importancia, el cuidado y la pasión que recaía sobre la tradición. Son más de cuatro siglos de esfuerzo, de devoción y de fe que paralizan durante una semana a toda una ciudad y a su gente para compartir, eso que es tan de ellos, al mundo.

 

Este año 2019 tuve la oportunidad y el privilegio de recibir nuevamente ese caluroso saludo de la gente de Popayán. Bastaron esta vez ocho días para enamorarme el doble, de sentir aún más lo que viví el año pasado. Concentrado viendo la marcha de una impecable banda marcial de la Policía, hasta ver pasar la Virgen cerrando el telón, disfrutaba de esas solemnes procesiones. En esta ocasión me traje a Bogotá un recuerdo irremplazable y, es que tal vez, viví el viernes 19 de abril la noche más bonita de mi vida. Sin darme cuenta, la ciudad me dejó vivir su mundo por un rato, esta vez ya no desde las gradas ni desde los andenes, sino desde el camino que recorren los mismísimos cargueros semanasanteros. Con el miedo y la responsabilidad que ello implicaba, cargué a la Verónica del Viernes Santo.

 

Esta vez, desde adentro, me di cuenta de la devoción de miles de personas que desde todas las partes de Colombia y del mundo buscan comprobar que las de Popayán, son las procesiones más lindas del continente. Que la fe de los católicos se despierta al ver pasar esos pasos cargando imágenes de santos; que los patojos, orgullosos, ven a sus familias cargar por amor a sus seres queridos, a su ciudad y a su tradición. Y por último, que yo, viendo la luna más linda que he visto en mi vida, sentía como mío es el barrote; sentía como la gente con una sonrisa en el rostro me hacían uno más de ellos.

 

Soy afortunado y soy feliz de encontrar algo como lo que he vivido en la Semana Santa de estos dos últimos años. Me siento orgulloso de decir que pasan en Colombia y me siento aún más contento que ha sido Popayán y su gente aquellas personas que con humildad y fervor cuidan de esta tradición para que este destinada a vivir por siempre.

 

Gracias Popayán.

 

Escrito por Juan Camilo Uribe Fuentes.

 

 

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