Historia de la imagen del Amo Ecce-Homo de Popayán - Parte I

12/18/2018

En marzo de 2017 el R.P. Raúl Ortiz Toro, capellán de la iglesia de Belén y connotado historiador, publicó un hermoso libro que llamó: “BELÉN: PERLA DE POPAYÁN – Historia y devoción del Santo Ecce Homo, la Virgen de Belén y San Miguel Arcángel”. En él hace el Padre Ortiz un documentado recuento histórico del origen de la capilla y de las imágenes del Ecce Homo, la Virgen y San Miguel Arcángel, a las cuales se rinde culto en esta capilla (o “Hermita” como se la denominó en sus orígenes).

Como síndico actual del paso del Santo Ecce-Homo recibo continuamente preguntas sobre el origen de la imagen, por lo que me ha parecido interesante y oportuno resumir lo consignado con autoridad incuestionable por el P. Ortiz en su excelente y agradable libro, para conocimiento de las personas interesadas.

 

Juan Antonio de Velasco, un hombre muy particular

 

La historia requiere empezar por este personaje, calificado por el P. Ortiz como se consigna en el sub-título, quien compró las tierras de la colina de Belén a los descendientes de Dña. Catalina Moreno de Zúñiga, esposa del capitán Pedro de Velasco, hacia 1681. En los documentos de compra Juan Antonio de Velasco es descrito como “tratante, mercader y vecino de esta ciudad” (de Popayán), quien tenía la intención de construir allí una “Hermita” para alentar la devoción por el gran misterio del nacimiento del Salvador, con su correspondiente “Cofradía o Hermandad de Nuestra Señora de Belén”.

 

Por varios indicios encontrados en los documentos de la época, citados textualmente por el P. Ortiz, éste infiere que Juan Antonio de Velasco, quien había sido esclavo, posiblemente era hijo del cura de Almaguer, a quien compró su libertad en 1670, en una esclava negra, pues su color es descrito como “pardo”, es decir mulato. Esta condición le permitió a Juan Antonio ciertos privilegios, entre ellos el de tener nombre y apellido, haber podido comprar su libertad a los 19 años, el de saber leer y escribir, y, además, el de haber podido hacer negocios de trata de esclavos desde antes de ser liberto, lo cual era muy “poco convencional en la época”. En todo caso, para el año en que compró las tierras de la colina de Belén, Juan Antonio estaba asentado en Popayán, contaba con medios de fortuna y era respetado y aceptado en la ciudad (aunque nunca figura en los diversos actos jurídicos encontrados y presentados por el P. Ortiz, como “don” Juan Antonio de Velasco, sino escuetamente por su nombre de pila).

 

Sobre este asunto cita el P. Ortiz la tesis doctoral de Orián Jiménez Meneses (Universidad de los Andes, abril-junio de 2015) en la que éste menciona que “La condición de pardo… de Juan Antonio de Velasco…indica también la continuidad que ha tenido el culto al Santo Ecce Homo como una devoción propia de las culturas populares”.

 

En 26 de abril de 1689, ya construída la “Hermita” de Belén, Juan Antonio de Velasco hace entrega o donación de la capilla y de la casa anexa (conocida como “Casa de Jacob”), a la comunidad de los Carmelitas Descalzos para que ésta cuidara del culto a sus santos patronos. En el acta de entrega, mediante escritura pública, hay una memoria o inventario de todos los bienes muebles con que Juan Antonio de Velasco, en forma por demás generosa, había dotado al Santuario. En esa misma Acta de entrega se deja constancia de que los Carmelitas Descalzos quedaban “obligados a dejar la Ermita de Belén con las propias alhajas y adorno contenido en esta donación y memoria”. Las imágenes donadas eran quince, entre ellas la de San Miguel Arcángel (hoy desaparecida), las de Nuestra Señora de Belén con el Niño Jesús y el Patriarca San José (que presiden todavía hoy la fiesta de la Presentación y los Desposorios de la Virgen, del 26 de noviembre) y el Santo Ecce Homo. Otra de las condiciones de esta donación a la Capilla de Belén, por parte del oferente, era que algunas imágenes debían salir en las procesiones acostumbradas de cada año sin que los religiosos lo impidieran: la víspera de Navidad la Virgen de Belén, San José, San Miguel Arcángel y el Ángel de la Guarda. El Domingo de Ramos, por la tarde, el Santo Salvador. El Miércoles Santo en la tarde, hasta la Iglesia Catedral, el Santo Ecce Homo para de allí salir en la procesión de la noche y, acabada esta, regresar a su capilla de Belén. Lo único que pidió Juan Antonio de Velasco a cambio de esta donación fue una misa cantada la Pascua de Navidad en la que los sacerdotes debían orar por sus intenciones.

 

La Historia de la imagen del Santo Ecce Homo

 

Como se ve en el inventario de la donación de 1689, Juan Antonio de Velasco había donado una imagen del Santo Ecce-Homo, la que había hecho traer en 1680 desde San Juan de Pasto, imagen tallada en madera, de una escuela de talladores con influencia del arte quiteño. Para esas fechas la imagen estaba todavía “en bruto”, es decir sin encarnar ni policromar. La finalización o perfeccionamiento de este trabajo se realizó en Popayán, costeado por el capitán don José de Morales Fravega, de ascendencia italiana, quien había sido alcalde ordinario de Popayán (1661-1671), y luego Depositario General encargado de recaudar los ingresos del Cabildo. Los trabajos de encarne se adelantaron en la casa de habitación del capitán Morales Fravega. Tras la muerte de éste, el 5 de mayo de 1684, su mujer doña Jerónima de Velasco Noguera y Belalcázar, logró que se le concediera licencia para tener un oratorio privado en su casa donde conservó la imagen hasta 1717, como se verá enseguida. Pero antes, y en relación con los trabajos de encarne y policromía, veamos lo que nos dice el erudito Sntiago Sebastián en su “Guía Artística de Popayán Colonial” (1964):

 

“Se desconoce el autor de esta bella pieza, pero lo más probable es que sea un quiteño de la segunda mitad del siglo XVII, del círcilo de José Olmos, alias Pampite, que fue discípulo del misterioso P. Carlos. Los Cristos de Pampite se distinguen fácilmente por su policromía de realismo exagerado. Son todos ellos ensangrentados y llagados, pero clásicos por su estilo personal …”

 

El pleito del Santo Ecce Homo de Belén

 

Con este título se conservan en el Archivo Histórico Eclesiástico de la Arquidiócesis de Popayán los documentos del litigio interpuesto por don Francisco Antonio Beltrán de La Torre en la primera década del Siglo XVIII para que la reconocida matrona doña Jerónima de Velasco Noguera y Belalcázar (nieta de don Pedro de Velasco y descendiente del fundador de la ciudad) diera licencia para que la imagen del Santo Ecce Homo se trasladara de nuevo a Belén, el lugar que se había dispuesto para su veneración desde su adquisición en Pasto.

 

Al parecer Juan Antonio de Velasco, quien falleció en 1710 (y quien, dicho sea al paso, no tenía parentesco alguno con doña Jerónima, como erradamente se pensó en algún momento) no interpuso ningún pleito para entronizar definitivamente en Belén la imagen del Santo Ecce Homo. Por su parte la Sra. Jerónima de Velasco Noguera se sentía con derecho sobre la imagen porque su difunto esposo la había hecho encarnar y se resistía a que la imagen saliera de su oratorio, pues, según su defensa, el 17 de marzo de 1714 había conseguido llegar a un acuerdo ante el provisor y gobernador del obispado, quien además fungía como “capellán propietario de la Hermita de Belén”, según el cual la imagen permanecería en su casa hasta su muerte y luego sería trasladada a Belén, aunque la matrona deseaba que terminara venerándose en un altar de la Catedral.

 

Llegado el año 1717 el Señor Francisco Antonio Beltrán de La Torre había construido en el templo de Belén una capilla lateral – quedando desde entonces la construcción distribuida en planta de cruz latina - con el fin de albergar la imagen en cuestión por lo que instauró un pleito que se adelantó durante el primer semestre de 1717. El caso fue que el recién llegado obispo Juan Gómez de Frías había entregado el 10 de enero de 1717 las Constituciones Sinodales para la recta administración de la Diócesis, las cuales expresaban: “Que las imágenes que se sacan en procesiones no se lleven ni estén ni las tengan en casas particulares sino solamente en las iglesias o hermitas so pena de excomunión”. Por este motivo el obispo ordenó, al día siguiente, 11 de enero, que doña Jerónima entregara la imagen del Santo Ecce Homo el siguiente domingo 17 de enero.

 

La señora Jerónima no pudo menos de sentir indignación por la manera como el obispo pidió que la imagen regresara, desconociendo el acuerdo que tres años atrás había firmado con el provisor del obispado. En su escrito de defensa doña Jerónima indica, entre otras muchas cosas, que ella había indicado que, de trasladarse a Belén, la imagen “…a los dos años se había de echar a perder…y se había de ir descascarando de manera que no quedase de provecho, como lo están muchas hechuras en Belén por la mucha humedad que hay en la Iglesia, como es notorio”. Ante la súplica de la viuda y doliente el obispo no tuvo otra salida que enviar una comisión a la capilla de Belén para que determinara la veracidad de las declaraciones de doña Jerónima, con respecto a la dignidad del altar donde sería entronizada la imagen. Esta comisión se cumplió el 24 de enero por el presbítero secretario de la Cámara Episcopal junto con otras personas de la ciudadanía. En su declaración posterior el secretario de la comisión afirma que la capilla estaba seca y en buen estado.

 

Así fue como el señor obispo determinó finalmente el traslado de la imagen a Belén, confirmado por decreto el 7 de mayo de 1717, el cual se realizó mediante una solemne procesión y jubileo con indulgencia plenaria para los asistentes a la ceremonia. Así se dio por terminado este sonado pleito que permitió rescatar la imagen del Santo Ecce Homo para devolverla a su santuario.

 

RESUMEN POR JUAN IGNACIO CAICEDO AYERBE
Diciembre de 2018

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