El honor del sacrificio

3/24/2018

No hay peor enemiga para un carguero que su propia humanidad y no tiene defecto más grande que el no poder aceptarla.

 

No pude dejar de pensar en eso cuando lo vi retroceder con torpeza medio paso, mientras en el aire de la noche se espesaban los susurros de los alumbrantes, descansaron a fuerza el paso y lo vi mirar al cielo como pidiendo un milagro o perdón, arriba del anda las velas parecían burlase de él, avivando sus llamas para exponer su adolorido rostro, lleno de nerviosismo se secaba el denso sudor que bajaba desde su capirote, se sacudió bruscamente los músculos de la pierna y se puso de nuevo al lado del barrote con la cara levantada, sus gafas empañadas y su orgullo intacto.

 

En el frío de la noche todo se escucha mejor y el golpe de señal pareció ensordecerlo, una vez arriba el paso sabía que tenía que meterle duro el hombro como fuera, cinco segundos más y el crujir del anda amenazaba con mandarse abajo, el paso a las alcayatas de nuevo.

 

Se negaba a pedirla, le presionaban para que se saliera y él sin decir nada los miraba mientras se anudaba el cíngulo una y otra vez, el dolor en su pierna iba deshilando sus sueños en delgadas hebras como las de sus alpagartas, que punzaban en lo más profundo de su corazón, desinflando su pecho a la mortalidad de su cuerpo aceptó finalmente retirarse del desfile procesional, casi obligado por el peso del afán de los pasos de atrás  dejó a un lado su capirote para que se lo entregaran a un atento muchacho de huesos largos que con finas lagrimas revelaba el temor de enfrentarse a tal compromiso, en la neblina del miércoles santo fue el carguero despojado de su túnico y una vez vestido el pichonero la procesión avanzó con la misma imponencia , dejando atrás un hombre al que le dolía más el honor que la lesión de su pierna, mientras palpitaban en su mente los recuerdos de su entrega y sacrificio, este hombre que miraba desde una camilla como era dispensado en aquello a lo que nunca le faltó, me enseñó lo blando que es corazón cuando se hacen las cosas con tanta pasión.


Escrito por Stephania Medina Beltrán

 

 

 

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