Jueves Santo

3/20/2018

Me despierto y son las 5 de la tarde.  El trajín de los días anteriores me ha dejado algo de cansancio en las piernas y mi espalda, pero así mismo es en este día y en este momento cuando confluyen las razones y las pasiones, que, aunque poco o nada tienen que ver en sus orígenes, se complementan y fusionan porque el carguío se acerca. La siesta de la tarde a duras penas recupera un poco el aliento para seguir la marcha.   

 

Siempre hay tensiones en este momento. Una,  que es más racional: la de tener todo listo para el rito de la vestida.  Paño almidonado, alpargatas tacadas, capirote planchado y la faja en su punto;  ¡que no me falte nada!.  Por otro lado la tensión más visceral. La del sacrificio, la del dolor, la del esfuerzo de la noche y el miedo y el terror a “pedirla” en un instante desgraciado donde las cosas salgan mal. Todo se une, todo se siente, todo se respira. 


Y ahí está Ella. Su serenidad me sosiega y  en mágico ritual me ayuda a vestir. Una a una las prendas van tomando sitio con precisión, con armonía; una a una sus palabras me llenan, me motivan y enorgullecen. Siempre habrá una mujer junto a un carguero; siempre serán parte del compromiso centenario que aceptamos ineludiblemente como legado y que debemos cumplir a cabalidad para entregarlo a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos.


¡Finalmente todo listo y me echo a andar! 

 

De camino a la iglesia el escenario inspira lo mejor de mí.  Balcones y faroles que se alinean   adornando el paseo como calle de honor,  mudos testigos de un valiente que se acerca a su destino o de un penitente  avanzando a su sentencia.  Y entre la inmensidad de la noche, se dibujan en mi cabeza  cavilaciones  de un agridulce momento previo a la llegada, con todo lo que se ha de vivir esa noche.      


Y de repente se yergue imponente la colosal fachada de la iglesia San Francisco y con ella el bullicio de la gente  aglomerada por montones entre vendedores y policías ensordece la llegada. Mi respiración y mis ojos están adentro, la gente me  empuja, me jalona pero finalmente la venerada vestimenta de carguero junto a la alcayata, permiten abrir la puerta del majestuoso recinto de donde he de partir. 

 

Todo está listo.  Las imágenes  preciosas se asoman en los perfiles de las columnas de la iglesia, como buscando sus cargueros; las varillas y las mallas brillan por doquier; las flores rojas por la pasión, tiñen el desfile y lucen los paramentos de  manera  especial; las velas  enarbolan primitivos recuerdos de este sentir tan propio, tan profundo, tan hondo como el de las saetas de Triana. Que orgullo poder estar ahí, que desafío, que responsabilidad. Miro al santo Patrono y le hablo con la sinceridad que puedo encontrar en mi alma; la que dice lo que piensa. Le profeso mi amor y me encomiendo, porque todo dependerá de él. Pienso en mi abuelo, buen carguero y también le hablo. Y después de eso pienso en   “ella”, la de él que fue tan mía tanto tiempo. Como te extraño vieja, acá estoy por ti en gran medida. Devoción y amor por esto, ese es tu legado. 
 

¡Padre nuestro, ave maría y sigo a las andas! 


Cambio potencias, reviso alcayatas y verifico pichoneros. Todo listo, son las ocho de la noche y el prior invoca una oración a los cargueros para que todo tenga sentido. Es la reflexión sobre el rito, es la pausa al bullicio que intercede ante el altísimo para que el esfuerzo sea diferente al de aquel  que se gana la vida con peso sobre sus hombros. Y  el momento, Mi momento se acerca…  Salen los primeros pasos y aumenta la tensión, veo a los nuevos cargueros, delgados y pálidos pero dispuestos a su cita por primera vez y para siempre. Veo  a los cargueros de los otros pasos y nos abrazamos ansiosamente deseándonos suerte para la noche, como en las torerías, aunque aún no esté claro de que lado del capote  vamos a estar. 


Y el turno ahora para “El Amito”. Mi mentor y síndico camina dándonos consejos, su cuerpo ya no puede estar en el paso, pero su alma va debajo, seguro, a cada jurgo. Un dejo de nostalgia se dibuja en sus pupilas, como el viejo general que no puede ir a la batalla pero que la añora cuando puede y  no lo hace. El abrazo de mi coteja del alma me embriaga de suerte. 


Vamos bajando hacia la Calle del Cacho  y en ese preciso instante está mi momento, el de la luna llena sobre el cerro de las tres cruces meciendo en su brazos al santuario de Belén, abajo la Ermita como altar mayor de la calle quinta que se empina desafiante hasta la torre del reloj,  mi primera tarea; se iluminan tenuemente los tejados como cuando aquel “instante” de Valencia donde las cosas brillan más y el olor a laurel e incienso que adornan la brisa me adrenalinan el alma. Los acordes de una marcha de la banda, alejaron el murmullo de las gentes y el silencio de Dios se siente. Los pichoneros agradecen y por fin siento de nuevo la madera en mis manos, todo cobra sentido. Otra ave maría a la dolorosa y una oración al amo  “detén oh Dios benigno tu azote poderoso…” y ese, ¡éste es mi momento! El tiempo es más lento, la tensión aumenta, los segundos se hacen horas, nada se mueve. Miro a un lado y  esta Ella feliz y orgullosa, saberlo me tranquiliza  profundamente. Por dentro puedo sentir a mi familia que me da fuerzas,  a mi ciudad que me permite el honor, a mi Dios que me guía, todo es armonía, todo inspiración y dan la orden… 


¡Dos toques impetuosos al barrote, vibra el anda y late el maderamen!  


¡Y al cielo con él!.. ¡Mi momento!… ¡gracias Popayán!


Escrito por Juan Ignacio Caicedo Cárdenas

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