La columna vertebral de mi tradición

3/13/2018

Por estos días, en nuestra amada Popayán, se respira un aire diferente, más liviano, cargado de ilusión y esperanza, pues se acercan las tradicionales Procesiones de Semana Santa. 

Desde que inicia la cuaresma, no sé si es mi impresión, pero el tiempo vuela. Comienzan las “enfuerzadas”, las “limpiezas de paramentos” y entre caucano y caucano, tamalitos y empanaditas, se pasan los días. Se reencuentran amigos, se rememoran noches pletóricas debajo de las andas y se cuentan anécdotas e historias increíbles, que a la postre serán leyendas entre quienes somos los depositarios de esta hermosa tradición.
 

La herencia que hemos recibido de nuestros viejos está conformada por muchas cosas, pero sobre todo por mística, filosofías y concepciones de la vida y el mundo.

 

Tengo la fortuna de tener el mejor maestro –desde luego que soy subjetivo en esto- un hombre pragmático, sencillo, colaborador y siempre dispuesto. Es mi padre: Rodrigo Mosquera Guevara, alcayata de oro en primer grado.


Recuerdo con nitidez su estilo para cargar: siempre templado, pero pausado, sereno, sosegado. Nunca tuve la fortuna de cargar a su lado, pero percibía entre sus compañeros de carguío una sensación de alivio por tenerlo en su línea, una garantía extra para salir adelante. Ni en los jurgos más complejos observe en su rostro una muestra de dolor, lamento o queja.


Cuando hablamos del legado de mi padre, es ineludible hacer referencia a la amarga noche de martes santo del 2009. Sin duda fue la más difícil. Aquél año, mi padre cargaba por primera vez el paso “El Encuentro de Jesús con la mujeres en la calle de la amargura” o como todos le llaman “el encuentro”, el paso de la familia. Cuentan que desde el inicio sintieron un peso excesivo, pasaron con mucho esfuerzo la carrera décima. Iban de lado a lado. El peso agobiaba. Cruzando, para comenzar a subir la calle cuarta, a la altura de la iglesia de San Francisco, sintió un crujido en su espalda. Por su profesión de médico, de inmediato supo que algo no andaba bien con su columna. Con los días y después de practicarse exámenes confirmamos la fatalidad: estaban aplastadas dos de sus vertebras, la T8 y la T9. Jamás podría volver a cargar.

Desde San Francisco, hasta la mitad de la carrera séptima entre calles quinta y sexta, donde se entrega el “pichón” el martes santo, había 11 cuadras. Mi padre, estoico, avanzaba paso a paso. Se sentía asfixiado, no respiraba con facilidad. Se hicieron algunos cambios, los de adelante, pasaron atrás, la cosa mejoró un poco. Muchos le decían “Rodrigo, entrega el pichón”. Pero su coraje no tiene límites y su voluntad es inquebrantable. Llegó. La meta se había cumplido.


Pero la pesadilla estaba lejos de terminar. Sabía que lo que había pasado con su columna no era nada sencillo. Consultó con sus colegas especialistas en columna y le manifestaron que su lesión era sustancialmente peligrosa y que existía una elevada posibilidad de que se afectara su movilidad. Impensable para él que posee un espíritu indomable, que ama ir cada fin de semana a la finca, montar a caballo y en bicicleta, que se levanta cada día con los mejores ánimos a trabajar con sus pacientes. Le explicaron que si quería recuperar parcialmente su salud, debía someterse a una cirugía o usar por 6 meses un corsé que inmovilizaría casi que totalmente su torso. No podía manejar, no podía permanecer de pie por mucho tiempo, no podía agacharse, no podía realizar viajes largos, sólo podía dormir sentado, etcétera. La decisión de someterse a la cirugía era radical y peligrosa, así que se decidió por la segunda. Sólo él y nadie más que él tenía la paciencia para llevar a cabo todas y cada una de las indicaciones, eso sí, con el apoyo de mi madre, que con todo el amor del universo lo acompañó segundo a segundo. Se volvieron inseparables, inherentes. 

 

Los médicos se sorprendían en cada control de observar el progreso. Al final, le confesaron que en principio no eran optimistas de que se pudiera recuperar y que la cirugía sería ineludible. Había sido asombrosa su recuperación, quizás un milagro, no sé. 


Pero hay algo más, ese algo que a la postre nos permite entender los designios de Dios y el equilibrio natural de la vida. Los primeros días posteriores a la lesión, mi padre debió quedarse en Popayán, pues los médicos le restringieron viajar en aras de conservar la estabilidad de la lesión. Estuvo en su casa, al cuidado de papá y mamá. Mi abuela, lo atendía, lo velaba, lo aliviaba como en antaño, como cuando era su bebé, su niño. Compartieron como nunca antes y ese lazo eterno de madre e hijo se revitalizó. Meses después mi abuela partiría a su encuentro con Dios.


Mi hermano y yo nos sentimos orgullosos de llevar en hombros, año tras año, su legado. Verlo entre la multitud, acompañado de nuestra madre es una inyección de coraje para dar lo mejor de nosotros debajo de las andas. Sin duda, habrá jurgos complicados, pero nada doblegará nuestro espíritu, ese espíritu que mi padre nos enseñó a ponerle a los retos y desafíos de la vida. Sus familiares y especialmente, en un futuro sus nietos, sabrán la leyenda en la que se convirtió mi padre.


Por: Juan Darío Mosquera Luna

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