La historia encaminada para la creación de las procesiones de Popayán

2/23/2018

Durante los siglos XVI y XVII, cuando los españoles de la conquista se venían de su península hacia esta tierra desconocida pero mágica y desafiante que durante siglos se llamó Las Indias Occidentales, solían acercarse a las ermitas de sus pueblos y a las catedrales de sus ciudades a ofrecer el viaje, bien fuera a la Virgen de los Peligros, a la Virgen de las Angustias, al Señor de los Azotes, al Cristo del Buen Suceso, es decir, a su devoción preciada, sobre todo de la Virgen o de Cristo.

 

Cuando zarpaba para cruzar el océano, el español traía consigo las pequeñas imágenes de bulto que hacía tallar antes de partir y que era usual llevar en largos viajes; y junto a estas pequeñas imágenes de madera, sobre todo, traía la nostalgia. Dejar la tierra, cruzar el océano, enfrentarse a lo desconocido y dejar sus tradiciones religiosas solo tenía inicial alivio cuando descubrían la hermosura del Nuevo Mundo. El español, llámese adelantado conquistador, capitán de gobernación, cura encomendero, obispo, alcalde ordinario, comerciante o lo que fuera, llevaba en su sangre el ser cristiano. Hasta el momento no había necesidad de decir “católico”, simplemente cristiano sin mezcla de sangre de moros o judíos, eso sí, pues así rezaba el juramento y lo reafirmaban los  testigos que debían presentarse en la Casa de Contratación de Sevilla antes de embarcar quienes emprendían el viaje muchas veces sin retorno.

 

España acababa de salir de aquella larga noche de siete siglos en la que estuvo bajo la invasión de los árabes. Y es que los seguidores de Mahoma, apenas 80 años después de su muerte, habían llegado a España en el año 711 y habían comenzado su avanzada para conquistar Europa. Venían de haber subyugado aquella África del Norte, tan cristiana ella, regada con sangre de mártires de la época de Nerón, Domiciano, Trajano, Marco Aurelio y el largo etcétera de emperadores que buscaron acabar con el cristianismo por ser secta peligrosa y atea, según sus señalamientos. Y es que para los romanos del imperio el cristianismo era secta atea porque no adoraba al dios emperador sino a quien ellos consideraban como un ridículo crucificado que decían que había resucitado. La verdad fundamental del cristianismo era para los romanos un cuento fabuloso y para los griegos un disparate. Por defender estos principios de la muerte y resurrección de Cristo aquella África del Norte invadida por los musulmanes había dado a luz, entre las provincias de Alejandría y Cartago a personajes de la talla de Orígenes, Tertuliano, Atanasio, Agustín de Hipona, Cirilo, Cipriano, y otros tantos que hoy son considerados Padres de la Iglesia y a quienes les debemos el entramado conceptual y dogmático que hoy podemos llamar “Credo”.

 

Los musulmanes, entonces, deseosos de expandir su imperio, después de conquistar el África del Norte y por consiguiente el Mar Mediterráneo, ahora venían por España. Como les decía, desde el año 711 hasta el 1492, la península ibérica estuvo invadida por los hijos de Mahoma. Siempre me he preguntado qué habría sido de nosotros si a principios del siglo XIII, el rey Fernando III de Castilla no hubiera tomado de manera aguerrida las riendas de la reconquista para desalojar a los musulmanes de la península bajo la insignia del patrono de España, Santiago Matamoros. ¿Los musulmanes se habrían asentado definitivamente en España? Habría mucho que agradecer desde la perspectiva de la reconquista a este monarca que ahora es conocido como San Fernando, rey, pues fue canonizado en el siglo XVII. A propósito, permítanme esta digresión: Cuando en 1673 el obispo Cristóbal Bernaldo de Quirós inició la construcción de la Torre del Reloj, insignia arquitectónica de Popayán, celebró misa de pontifical en honor de este santo apenas dos años atrás canonizado y bendijo la primera piedra. En ese pequeño detalle se evidencia la estima que los españoles profesaron a quien fue visto como el salvador de la hispanidad en el siglo XIII.

 

Cerrando esta digresión continúo: ¿Qué sería de la historia de estas latitudes si en aquel 1492 la unión de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla no hubiera zanjado el final de la época musulmana con la derrota del emir Boabdil en Granada? ¿Qué hubiera sucedido si los musulmanes hubieran encontrado la ruta para llegar a estas tierras antes o en lugar de Cristóbal Colón? ¿Y qué tal si en lugar de ser cristianos y de ser Popayán la Jerusalén de América hoy fuéramos musulmanes y tuviéramos que inclinarnos cinco veces al día en dirección a la Meca para adorar a Alá? ¿Qué nos distinguiría? ¿Seríamos la Meca de América? Si estas suposiciones fueran ciertas, simple y llanamente, no habría Semana Santa en Popayán. No estaríamos aquí en este encuentro cultural con la Junta Pro Semana Santa de Zamora, ni el miércoles de hace ocho días hubiera empezado a palpitar el corazón para que estos cuarenta días pasen volando, por el aire, en ese mismo aire que trae el olor del incienso que lleva la sahumadora una noche de procesión pero que queda marcado en el recuerdo de los trascendentales olores que nos remontan a la semana más anhelada del año. No estarían ahora los hombros de los cargueros anhelando el peso que fortalece el cayo y la fe. No habría ahora correrías de síndicos y sus familias preparando cada ajuar, cada detalle, cada rosa, ajustando y pintando. No habría desde ya la preocupación por la previsión del clima pues desde ahora eleva la plegaria el semanasantero: “Señor, que no llueva, que aparezca la luna llena por Belén y la noche esté despejada”. El pichonero no tendría ocasión de entrenarse, el alumbrante no encendería su cirio, ni el regidor alzaría la cruz, y el turista vería desiertas las calles tomando fotografías solo a los fantasmas que se esconderían tras las paredes blancas. Es decir, Popayán no sería Popayán.

 

Por ello cuando hablamos de la importancia de la religión cristiana católica en la Semana Santa popayaneja estamos hablando de su linfa vital. Gracias a la religión del crucificado, que ha vencido la muerte con su resurrección, ahora podemos decir que la hidalga y señorial Popayán cuenta con unas procesiones de Semana Santa que no solo son Patrimonio inmaterial de los popayanejos o colombianos sino de la Humanidad. Esta declaración llegó a ser realidad porque durante siglos, primero los españoles y luego los nativos, sostuvieron y lo siguen haciendo ininterrumpidamente esta tradición desde cuando Sebastián de Belalcazar destinó el 15 de agosto de 1537 para que se celebrara la primera Misa en este valle de Pubén. Seguramente, desde la semana santa de 1538, el padre Garcí Sánchez, y los párrocos sucesores Juan Pericón, Juan de Ocaña, Juan Coronel y Francisco Jiménez de Ayala empezaron a celebrar la semana santa de manera muy incipiente, quizá con procesiones cortas en las que eran llevadas las imágenes pequeñas de bulto de los conquistadores y encomenderos de indios en actos solemnes pero sobrios en la pequeña capilla de paja y bahareque que desde 1546, apenas nueve años después de la fundación de la ciudad, se convirtió en iglesia catedral con obispo residencial.

 

El hecho de que Popayán, ciudad joven, hubiera sido elevada a categoría episcopal supuso un notable desarrollo en la celebración de las procesiones de la Semana Santa. Con un obispo y lo que significaba para la época, como era el hecho de que el prelado hacía parte del Consejo del rey, las procesiones crecieron en boato y solemnidad. Si hacemos una comparación con todas las ciudades que hacían parte de la antigua gobernación de Popayán desde Santa Fe de Antioquia en el norte, hasta Pasto en el sur, únicamente en esta ciudad se desarrolló de manera singular una semana santa de las proporciones que hoy admiramos. Como cabeza de gobernación, sede episcopal y ciudad de paso entre Santa Fe de Bogotá y Lima, Popayán desarrolló la Semana Santa más hermosa de la época.

 

Pero sería el siglo XVIII la centuria que asistió a la configuración de lo que hoy podemos admirar. Debemos hacer esta consideración: El problema que supuso para la cristiandad europea el protestantismo no tuvo repercusiones en América del Sur mientras fue colonia dependiente de la Corona Española. Aunque Martín Lutero inició su reforma protestante en 1517, cuando apenas empezaba el proceso de conquista en estas tierras, sin embargo, al menos en el caso del actual territorio colombiano, el protestantismo solo llegó después de la configuración de la República y la asimilación de las ideas liberales del iluminismo francés en nuestro siglo XIX.  Y es apenas lógico, porque el cetro y la cruz, es decir, el estado monárquico y la Iglesia se acercaban tanto en el ejercicio de su jurisdicción que a muchos les costaba trabajo saber diferenciar los linderos entre una y otra.

 

Así pues, La reforma protestante no supuso en aquellos años un gran desafío para Hispanoamérica gracias a los controles migratorios de la Corona. Sin embargo, lo que sí se sintió en esta parte del hemisferio fue la contrarreforma y la Reforma Católica. En otras palabras, en América vivimos la Reforma Católica sin los presupuestos de la Reforma Protestante: la magnificencia de las procesiones, no solo de semana santa, en las ciudades españolas deben el realismo de su expresión a la disposición del Concilio de Trento, que hizo frente al protestantismo de Lutero y que buscó presentar los misterios de Cristo y de los santos de una manera tan cercana y realista que las imágenes talladas en madera parecían hablar, los ademanes de ellas marcaban un modo de comportarse y las lágrimas de la Dolorosa, las gotas de sangre del Crucificado, la mirada traicionera de Judas incitaban bien fuera la compasión o el repudio. Ese realismo llegó desde España, se volvió autóctono y se quedó para perpetuarse gracias al desarrollo de una economía sólida que permitió que vinieran a Popayán comunidades religiosas como los Dominicos, Agustinos, Franciscanos, Carmelitas, Jesuitas, Betlemitas, Camilos quienes junto al obispo y al clero diocesano incentivaron a la nueva generación de popayanejos, sobre todo después del terremoto del 2 de febrero de 1736 que destruyó completamente la ciudad y sus iglesias, a que pusieran todo el empeño por hacer de la Semana Santa un punto de referencia para ser librados de las desgracias que más acuciaban a la población de aquellos oscuros siglos de la colonia: los terremotos, las plagas de langosta que arrasaban los cultivos, el comején que acababa con casas e imágenes, los rayos y truenos que ensordecían el alma y las pestes que diezmaban las familias.

 

Así pues, de la misma manera como los procesos de mestizaje dieron nacimiento a una nueva raza, así mismo los procesos de inculturación de la fe en Popayán dieron paso a una nueva pero a la vez fidedigna manifestación cultural de las procesiones. Solo menciono un caso concreto: la presencia de la ñapanga como sahumadora es una de las manifestaciones de inculturación más evidentes: la mujer mestiza que embalsama con aromas el cuerpo de Jesús. Y quiero comentar, a propósito, que desde este año en Murcia, España, en uno de los pasos procesionales de Semana Santa saldrá por primera vez en la historia de esas procesiones una sahumadora. Este es un caso singular de cómo este patrimonio popayanejo es realmente universal.

 

Como representante de la Arquidiócesis de Popayán, celebro con mucho agrado este encuentro cultural con la Semana Santa de Zamora y auguro que el camino que se emprenda esté muy lleno de colaboraciones mutuas y crecimiento espiritual. Que este es el sentido último de la Semana Santa y sus procesiones: celebrar que Cristo nos hermana en la unidad de una sola fe.

 

Escrito por: 

Pbro. Raúl Ortiz Toro

Rector del Santuario de Belén

 

 

 

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